CAMINANDO POR LA TRISTE CIUDAD
10, 28 de 2005-06-28 de 2005
Ojos ciegos que inquietos observan el mundo a través de los demás. No son ojos porque ven, como diría el poeta que sueña eternamente bajo las tierras oscuras de Collioure, lo son porque te ven. Exploro el mundo que se mueve a mis pies impasible a los deseos de mi corazón, da la impresión de que el suelo se mueve con voluntad propia en sentido contrario al de mi caminar. El vértigo surge como un sentimiento irrefrenable al pensar en los hilos invisibles que cuelgan de los títeres de carne y hueso, al percibir como el sol que reina en lo alto lanza su luz contra la cueva de cristal libre de las ataduras del tiempo. Me pregunto que verá en el futuro, como será la gente, si tendran las mismas preocupaciones y anhelos que ahora. Bajo de mis ensoñaciones y busco de nuevo con aquel sentido o sin sentido que enturbia la mente, que se empapa del color onírico que quizás solo convive en nuestra conciencia. La calle me resulta vagamente conocida, es larga, amplia y bulliciosa. Creo que camino cuesta abajo pero no logro asegurarme, la presión del deslumbrante calor me hace perder la orientación. En la mano llevo un libro que leía mientras viajaba en tren, no recuerdo su título pero sí unas breves palabras que me sorprendieron leer: El cuerpo da caridad al alma. Creo que empiezo a comprender, pero no importa, son sólo palabras olvidadas en algún almacén polvoriento. Insisto en lo único que sé: seguir caminando obstinadamente hacia delante. En la otra acera distingo a dos mujeres de edad avanzada que salen de un bazar de aspecto humilde, ambas caminan con lentitud y gesto cansado. Frente a mí una joven de aspecto estudiantil pasa a toda velocidad apenas rozándome, su pelo negro se contonea al ritmo del movimiento de sus hombros y sus brazos aprietan fuertemente contra su pecho una carpeta forrada con héroes de papel y color. Tras ella viene una mujer gitana de pecho breve y anchas caderas que mira de reojo con unos ojos que parecen reflejar la rabia y la disconformidad con el mundo un de reo condenado a muerte. Seguidamente un hombre encorvado empuja una sillita de niño vacía. Entonces algo me llama la atención en la otra banda de la calle, un hombre sucio y harapiento con una mata de cabello espeso y enmarañado bajo una gorra de color azul cruza inocentemente la calle sin temer a los coches ni atender a señales de tráfico. Su cuerpo es tan delgado que el viento se lo podría llevar en una repentina ráfaga, sus movimientos son rápidos y su mirada nerviosa y vivaz como si animal del bosque fuera. Sin duda es un gorrilla, aquel individuo típico de esta ciudad que se dedica a cobrar una pequeña comisión por vigilar los automóviles aparcados. Quizás esta definición no sea la más correcta, sin embargo no se dispone aún de un estudio antropológico serio sobre el tema. No se cuantas zancadas necesita para alcanzar el otro extremo de la calzada pero creo verlo a pocos metros de mí en un abrir y cerrar de ojos. Percibo como desfila junto a un adolescente, creo sentir el miedo y la repugnancia del joven ante el indigente y como se aparta disimuladamente. Mas este lo ignora, sigue su caminar excitado hasta plantarse delante de una papelera de plástico que cuelga de una farola gris y oxidada. Sin ningún reparo mete la mano dentro de ella y rebusca con curiosidad hasta sacar de golpe un periódico enrollado. Sonríe. Quedo petrificado, no entiendo. Es una sonrisa espontánea, natural, sincera, alegre... Como la de un niño cuando se le sorprende con un regalo inesperado. ¿Por qué? ¿Acaso es mi imaginación? Mientras los demás viandantes se arrastraban reservados como almas en pena a través del asfalto envueltos en una nube bochornosa de insensibilidad, aquel vagabundo sin casa y posiblemente sin dinero para comer se mostraba jubiloso ante aquel descubrimiento banal. De la misma forma que vino, cruza de nuevo el pordiosero, con el diario en una mano y la otra ajustándose la visera de la gorra para protegerse de la luz solar. ¿Por qué? Me pregunto de nuevo teniendo la certeza de que algo falla en este mundo de metal y hormigón. No encuentro respuesta y prefiero olvidar el tema, es fácil distraerse en esta sociedad donde nos llega información permanentemente aunque sea tal la cantidad que no podamos asimilarla. Sigo caminando.