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Medinat al-Zahra

Cada sol tiene su ocaso. Todo nace y muere. Hombres, pensamientos, culturas y palabras. Ojalá el rio de los días no corriese.

REVELADORA OSCURIDAD

3, 04 de 2005-07-04 de 2005



La sala quedaba iluminada por la azulada luz que irradiaba la pantalla del televisor. Dentro de la caja tonta unos personajes extraños como payasos descoloridos salidos de un circo vulgar y mediocre se gritaban mutuamente y gesticulaban exageradamente ante un público borreguil que interrumpía constantemente con vítores y aplausos bien dirigidos por el regidor en su estatus de director de orquesta. Una marabunta de voces convergían entre sí hasta convertirse en un perturbador murmullo indescifrable. Todo aquello le parecía lleno de un patetismo vomitivo e iracundo, pero sin embargo era incapaz de apagar aquel trasto ordinario. A pesar de que sólo le habría bastado un ligero movimiento de manos y una leve presión de su dedo sobre el botón rojo del mando a distancia, se quedaba inmóvil frente a al haz de luz artificial que esparcía la televisión. Puede que pensara que aquel era el único método que poseía para alejar a las tinieblas de la habitación y de su alma. Alargó su brazo a su derecha sin apartar la vista que aparentemente estaba fijada en la pantalla y tanteó una mesilla de madera con sus dedos delicados y rechonchos. Sentía el vacío y la nada en forma de aire oscuro escurriéndose entre su mano, no encontraba lo que buscaba. Recordó entonces que había dejado en la cocina el paquete de tabaco y el cenicero. En un acto reflejo pensó en levantarse e ir a por él, había olvidado su situación. Hizo fuerza con sus brazos y ayudándose de ellos comenzó a mover la silla de ruedas. Se deslizó casi a ciegas por el salón de forma lenta y pesada hasta que llegó a su destino. Las luces fosforescentes parpadearon durante largo tiempo hasta llenar de un níveo resplandor todo el lugar. Había suciedad por todas partes, los platos se apilaban en el fregadero y el frigorífico zumbaba estrepitosamente. Sobre la placa de mármol vetado reposaba la cajetilla de cigarros junto con un cenicero de cristal con forma ovalada que rebosaba cenizas hasta el borde. Sus ojos indiferentes se posaron brevemente sobre la advertencia de muerte que contiene el envoltorio. Decide volver. Tirado y olvidado sobre el sofá se distinguía un camisón de mujer. No deseaba mirar, no deseaba recordar... ni sentir. Todo era inútil, el espíritu de la memoria se cernía sobre él. Se reprochaba continuamente no haber podido hacer nada. Sintió miedo, fue un cobarde como siempre lo había sido en su vida. Nunca alzó su voz, nunca llegó aquel golpe en la mesa que siempre anunciaba con rabia. Parecía grabado en su retina la explosión de cristales afilados, las centellas y el metal abrupto, la fuente de sangre, los cuerpos contorsionados y las sirenas perpetuas. Ya no descansaría mas allí el cuerpo blanco y sensual de la mujer que soñaba con ser parte de la biosfera, ser vida en su mayor expresión. Colocó el pitillo encendido entre sus labios y se asomó a la ventana. La vista era preciosa esa noche. Se divisaba el mar negro bajo resplandecientes estrellas y una luna pura de plata. Las olas espumosas bañaban los pies de una solitaria pareja de amantes que paseaban por la arena de la playa. Dio una nueva calada al cigarro y siguió observando el exterior. Tuvo la certeza entonces de que en la oscuridad se aprecia mejor el mundo y la vida, lo oculto, lo que hay mas allá, lo secreto, lo incierto. Y es que ese día estuvo más seguro que nunca de que hay cosas que el hombre nunca debería de ver.



Por José .M Hidalgo | # enlace | Comentarios (1) | Referencias (0) | En: Relatos

Comentarios

  1. Sheila dice:

    T'has fixat en els colors que apareixen al relat? Com que sóc maniàtica, l'he rellegit diverses vegades, ¿amb quin resultat? Doncs he trobat que els colors d'aquest relat són el blau, el negre i el blanc. Uns colors molt pròxims a tu...

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